A. L. Romero El Narrador de Almas

Desde sus ojos

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  • terror
  • paranormal

Ella se miró en el espejo; veía su rostro triste y apagado, con el peso de la edad marcado en sus pálidas facciones. En sus ojos, claros y pequeños, se podían distinguir todos los años de soledad y sufrimiento que arrastraba tras ellos, mientras una larga melena blanca y descuidada le cubría parte del rostro.

No le quedaba mucho tiempo. Era poco más de medianoche y sabía que había llegado su hora; solo tenía que esperar a que la fría muerte llamara al portón de su casa. Tres fuertes golpes retumbaron en toda la estancia —pum, pum, pum—, junto a los gritos de hombres y mujeres que la llamaban entre insultos y amenazas.

Abrió la puerta y, a la velocidad del rayo, entraron en tropel dos siluetas encapuchadas. La golpearon brutalmente en la cabeza, le pusieron un saco de arpillera, le ataron una cuerda al cuello y la sacaron casi a rastras de su propiedad.

Yo podía sentirlo todo: el fuerte dolor en la cabeza, la sangre caliente brotando por la cara, el olor nauseabundo y húmedo del saco que me cubría. Y esa horrible cuerda, que apretaba cada vez con más fuerza mi cuello hasta casi no dejarme respirar. Mientras ataban a la mujer a un poste clavado en el suelo, se escuchaba a la muchedumbre maldecir.

—¡Bruja! ¡Asesina de niños! ¡Puta de Satanás! Arderás en la hoguera y regresarás al infierno del que viniste. ¡Tu alma arderá eternamente y pagarás por las jóvenes vidas que apagaste con tus manos!

Amontonaron leña alrededor de la anciana y comenzaron a empaparla en aceite de la cabeza a los pies. Ella se mantenía en silencio ante los pueblerinos, pero yo sí escuchaba con total claridad sus pensamientos. Sentía su angustia, su respiración entrecortada y cómo las lágrimas se deslizaban por sus mejillas mientras repetía para sus adentros, una y otra vez:

«¡Dios mío, por favor, que termine ya este sufrimiento!».

Todo se quedó en silencio. Únicamente escuchaba el sonido de su respiración hasta que una voz seca y cortante preguntó:

—Bruja, por última vez: ¿dónde están los cuerpos de nuestros hijos?

La anciana se mantuvo callada; pude sentir que jamás obtendrían esa respuesta. Intenté hablar y decirles que estaban cometiendo un grave error, que esta mujer era inocente, pero las palabras no brotaban de sus labios. Yo solo podía ver, sentir, escuchar y dejar que el fuego calcinara a una pobre mujer inocente.

Un calor abrasador empezó a tocarme la planta de los pies. El olor de madera quemada me obstruyó las fosas nasales, casi no podía respirar. Gritos, risas e insultos era lo único que escuchaba a mi alrededor. El fuego quemaba mi piel. No podía apartarlo de mí; mis pies y manos estaban atados, no podía soportar el dolor. «¡Dios, quiero morir, termina con esto ya!».

Escuché a la anciana gritar. El sonido surgido de su garganta me taladraba la mente; era pura agonía. Veía todo borroso, distorsionado, hasta que empecé a escuchar una voz cada vez más nítida.

—¡Cállate, cállate! ¡Silencio! ¡Deja de gritar! Despertarás a los otros internos, no me obligues a inyectarte esto —gritaba un hombre tras la reja de la puerta, mientras me mostraba una jeringuilla con un líquido amarillo y espeso.

Tomé aire como si hiciera una eternidad que no respiraba. Miré a mi alrededor buscando a la gente encapuchada, moviendo las manos desquiciadamente para apagar un fuego que ya no estaba sobre mí. Desorientado, pero recuperando la cordura, comencé a distinguir el entorno. Miré a los lados y vi paredes blancas iluminadas por una tenue luz. Allí estaba mi cama y yo me encontraba en uno de los rincones de la habitación, de paredes acolchadas. Frente a mí, un hombre vestido de azul me decía:

—Oye, ¡Marcos! ¿Te has calmado ya o tengo que entrar? —preguntó el enfermero.

Su cara me resultaba familiar; era el enfermero de noche. Estaba pálido, asustado y le temblaba un poco la voz, probablemente por lo que acababa de presenciar.

—No, no, tranquilo. Ha sido una de mis crisis, ya estoy bien, se me pasará.

Después de unos minutos adaptándome a la realidad, conseguí calmar los nervios. Mi respiración era más pausada y mi corazón ya no parecía un caballo desbocado. Me puse en pie y, con un ligero tambaleo, me dirigí a la cama. Me sentía agotado, como si fuera un anciano de ochenta años. Cerré los ojos intentando olvidar lo sucedido con la mujer de cabellos blancos, pero en mi mente seguía grabado ese rostro: esa mirada vacía desde la cual comprendí lo destructivo, cruel y despiadado que puede llegar a ser el ser humano.

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