A. L. Romero El Narrador de Almas

El visionario

· · 5 min de lectura

  • terror
  • paranormal
  • misterio

Corrían malos tiempos para Cristov. Comenzó a trabajar desde muy joven en la granja de su padre, repartiendo periódicos en el pueblo para sacar unos centavos y ayudar a la familia. En las noches solitarias, dedicaba su poco tiempo libre a leer sus novelas preferidas bajo la luz del antiguo candil de aceite de su abuelo: 20.000 leguas de viaje submarino, El faro del fin del mundo y su favorita, Moby Dick. Como apasionado del mar, leía hasta que el aceite se consumía y la llama desaparecía.

A las seis de la mañana, mientras desayunaba antes del reparto, un anuncio en la última hoja del periódico captó su atención:

«Se busca farero urgente para el Faro de San Juan de Salvamento, Isla de los Estados, Tierra del Fuego».

—¿Será posible? —murmuró Cristov—. Si salgo hoy mismo, en dos días estaré allí.

Sin dejar que su familia le hiciera cambiar de opinión, cogió sus ahorros, guardó sus libros y se marchó. Tras un viaje lleno de infortunios, llegó a la oficina de referencia. En el interior, un hombre mayor inhalaba humo de una pipa frente a una mesa de roble decorada con grabados de embarcaciones magistrales.

—Hola, buenos días. Mi nombre es Cristov, vengo por el puesto de farero.

—Buenos días, chaval. ¿No eres demasiado joven? Un faro es pura soledad. Hay que tenerlos muy bien puestos para afrontarlo. Te lo dice un viejo lobo de mar con el salitre pegado a la piel —respondió Bob tras una nube de humo.

—Haré lo que sea necesario. Trabajaré duro, como me enseñaron mi padre y mi abuelo.

—De acuerdo, grumete. Adjudicado. Mañana iremos hacia allí antes de que la mar suba.

Al día siguiente, partieron en un carromato por una zona escarpada y arenosa. Mientras avanzaban, Bob le explicó sus tareas: mantener los motores, usar las trampas de cangrejos y, sobre todo, mantener la mente serena.

—¿Qué le pasó al anterior farero? —preguntó Cristov.

—Nicolás... desapareció hace quince días. Dejó el faro de manera precipitada. Creemos que se fugó —respondió Bob, esquivando la mirada.

Al llegar, Cristov vio el coloso: un faro descomunal, como un gigante de piedra soportando el peso del mundo. Descargaron los suministros: conservas, combustible y cajas de vodka y whisky. Bob se despidió con un fuerte apretón de manos mientras la marea empezaba a cubrir el camino.

—¡Cuídate, muchacho! —gritó Bob desde el carro.

El viento arrastró unas últimas palabras que Cristov no alcanzó a comprender del todo: «...y cuidado con los espectros».

Al entrar, un olor rancio le golpeó. El antiguo farero no era amante de la limpieza; restos de comida y platos sucios invadían la estancia. Cristov se puso a trabajar. Mientras limpiaba, el suelo crujió bajo sus pies. Una tabla se astilló, revelando un hueco oculto. Al meter la mano, sacó un grueso libro de tapas de piel humedecida: Diario de Nicolás Flim Camber.

Anochecía. Cristov subió a la cúpula, activó el mecanismo rítmico de la luz y, con una botella de whisky, comenzó a leer el diario.

«Esa noche maldita fue diferente... encontré tres gaviotas muertas... las olas parecían gritar. Llevo seis noches sin dormir. Los escucho en los tejados, en la cúpula, bajo el suelo... Dios mío, ayúdame... jamás debí abrir esa maldita...»

Unos fuertes golpes en el portón hicieron que Cristov saltara de la cama. El libro quedó olvidado sobre la colcha.

—Tranquilo, es el viento —se dijo a sí mismo.

Al abrir, no encontró a nadie, pero un relámpago iluminó un objeto rectangular envuelto en telas y cuerdas de marinero dejado en el umbral. A lo lejos, divisó una silueta oscura con una capa que ondeaba antes de perderse entre los peñascos.

Entró y desvolvió el paquete con su cuchillo. Era un cuaderno con hojas amarillentas y un catalejo del siglo pasado. Cuaderno de Bitácora de "El Visionario", notas del capitán, leyó en la cubierta. Al manipular el catalejo, una pequeña llave cayó de su lente. Cristov la usó en el candado del libro y, con un chasquido, el horror se desató: tres pares de ojos se abrieron en la encuadernación, mirando en todas direcciones con movimientos espasmódicos.

Cristov lanzó el libro al suelo, aterrorizado. Las palabras de Bob resonaron en su cabeza: «Cuidado con los espectros». Tras calmarse, movido por una curiosidad maldita, volvió a abrirlo.

«Diario de El Visionario. Capitán Ronald Edwards Jones. Tachado de barco fantasma desde que desaparecimos hace quince años... Todo empezó con esa mujer pelirroja...»

De repente, sonidos de uñas arañando los cristales lo rodearon. Cristov subió a la cúpula y miró a través del catalejo. Se quedó helado. Decenas de siluetas rodeaban el faro. En la negrura del mar, se insinuaba la silueta de un gran navío de tres mástiles. Hacia el sur, una mujer de blanco le hacía señas desde un bote.

—Dame el libro... ¡y corre! —le susurró la mujer cuando él llegó al arrecife—. Corre o formarás parte de la maldición.

Cristov dejó el libro en el bote y vio cómo la mujer desaparecía. Corrió de vuelta al faro, pero antes de cruzar el umbral, unas manos purulentas lo atraparon. Le cubrieron la cabeza con un saco pútrido y lo arrastraron.

Cuando logró zafarse del saco, estaba en la cubierta de un buque de trescientos pies de eslora. El costado del barco estaba lleno de cadáveres envueltos en telas blancas, con los ojos abiertos eternamente.

—¡Colgadlo en la proa! —gritó la voz psicótica del Capitán Jones—. ¡El Visionario necesita más ojos que hagan justicia a su nombre!

Lo último que vio Cristov antes de que la soga le partiera el cuello fue un esqueleto con vestido de novia amarrado al mascarón de proa.

15 días después

—Hola, buenos días. Vengo por el puesto de farero.

—Buenos días, grumete... —respondió Bob con una mueca tosca.

Diciembre de 2021, Dubái.

—Dime, Sandra, ¿tienes algo para mí? —preguntó Tomy Holzer al teléfono.

—Sí, señor. Tenemos dos de los siete libros: el Libro de Almas y el Cuaderno de Bitácora de "El Visionario". Estamos tras el de Haití y el de Grecia. También tenemos el cáliz original y la Ouija maldita.

—Haced lo que sea necesario —ordenó Tomy—. Michael Bauer no es una leyenda urbana, y quiere asesinarme. Necesito los siete tomos y sus reliquias. No me decepcionéis.

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